El Chancellor
El Chancellor Son las diez y media. El contramaestre, a quien la proposición de Daoulas ha reanimado, insiste en que se echen suertes inmediatamente. Tiene razón. Además, ninguno de nosotros se empeña en vivir; el que sea designado sólo precederá en la muerte pocos dÃas, acaso pocas horas, a sus compañeros. Todos lo saben y nadie se espanta. Lo que se desea y se piensa conseguir es no padecer siquiera un dÃa o dos el hambre y la sed que nos atormentan.
No puedo decir cómo se ha llegado a ver cada uno de nuestros nombres escritos en un papel en el fondo de un sombrero. Sin duda, ha sido Falsten quien los ha escrito en una hoja arrancada de su libro de memorias.
Los once nombres están ahà y se acuerda sin discusión que el último nombre que salga será la vÃctima.
¿Quién sacará los nombres? Hay una especie de vacilación.
—Yo —responde uno de nosotros.
Me vuelvo y conozco al señor Letourneur.
Allà está en pie. LÃvido, con la mano extendida, los cabellos canos cayendo sobre sus mejillas enflaquecidas, y espantoso por su tranquilidad.
¡Ah, desdichado padre! Te comprendo. Sé por qué quieres sacar los nombres; tu cariño paterno te llevará hasta ese extremo.
—Cuando usted quiera —dice el contramaestre.