El Chancellor
El Chancellor Son las seis de la mañana, pero ya no creo en un socorro providencial; mi corazón late con más de cien pulsaciones por minuto, y un sudor de angustia brota de todos mis poros.
El contramaestre y Roberto Kurtis, en pie, apoyados en el mástil, no apartan la vista del océano. El primero está espantoso; se conoce que no adelantará la hora, pero tampoco la retardará un momento.
En cuanto al capitán, me es imposible adivinar lo que piensa: su rostro está lÃvido y parece que toda su vida está reconcentrada en la mirada.
Los marineros se arrastran sobre la plataforma, devorando ya con sus ojos ardientes a la vÃctima.
No pudiendo sostenerme en pie, me deslizo hasta la proa del buque. El contramaestre sigue mirando al mar.
—¡En fin! —Exclama.
Esta palabra me hace estremecer.
El contramaestre, Daoulas, Falsten, Burke y Sandon se adelantan hacia popa, y el carpintero coge convulsivamente su hacha.
La señorita Herbey exhala un grito y Andrés se incorpora de pronto.
—¿Y mi padre? —Pregunta, profundamente angustiado.
—La suerte me ha designado —responde el señor Letourneur.