El Chancellor
El Chancellor La señorita Herbey, la primera, sigue mi ejemplo, y Roberto Kurtis, Falsten y los demás se precipitan hacÃa esa fuente de vida. Todos beben: las bestias feroces de hace un momento levantan los brazos al cielo y algunos se persignan gritando: ¡milagro! Todos se arrodillan al borde de la balsa y beben con delicia. El éxtasis ha sucedido al furor.
Andrés y su padre son los últimos en imitarnos. —¿Pero dónde estamos?— exclamo.
—A menos de veinte millas de tierra —responde Roberto Kurtis.
Lo miramos. ¿Ha perdido el juicio el capitán? No hay costa a la vista, y la balsa continúa siendo el centro de un cÃrculo lÃquido.
Sin embargo, el agua es dulce. ¿Desde cuándo? No importa; cierto es que los sentidos no nos han engañado y hemos apagado nuestra sed.
—SÃ, la tierra no se ve aún, pero está muy cerca, está ahà —dice el capitán extendiendo una mano hacia el Oeste.
—¿La tierra? —Pregunta el contramaestre.
—La tierra de América, la tierra por donde corre el rÃo de las Amazonas, el único rÃo cuya corriente es suficientemente fuerte para quitar el sabor salado al agua del océano a veinte millas de su desembocadura.