El Chancellor
El Chancellor Con el deseo de conocer la causa de esta inconcebible obstinación del capitán Huntly, he hablado varias veces con él. ¿Está en su juicio o no? Lo ignoro, porque habla con bastante cordura. ¿Se encuentra, acaso, bajo la influencia de una locura parcial, de una especie de distracción, en cuanto se refiere a las cosas de su oficio? Se han dado ya algunos de estos casos fisiológicos y del asunto he hablado a Roberto Kurtis, que me escucha con frialdad y me contesta, como antes, «que no tiene derecho a sustituir a su capitán, mientras el buque no corra peligro de perderse por un acto de locura claramente definido». En efecto, esta sustitución sería una medida grave y de una seria responsabilidad.
Hacía las ocho de la noche vuelvo a mi camarote, y, a la claridad de una lámpara de balance, he pasado una hora leyendo y reflexionando. Después, me he acostado y dormido; pero, a las pocas horas, me ha despertado un ruido extraño. Sobre el puente resuenan pasos muy pesados y llegan a mis oídos vivas interpelaciones y respuestas. Parece que la gente de la tripulación corre precipitadamente de una parte a otra. ¿A qué se debe esta agitación extraordinaria? Sin duda se bracean las vergas, cosa necesaria para virar de bordo… Pero es imposible que sea eso, porque el buque continúa dando la banda por estribor, y, por lo tanto, no ha cambiado sus amuras.