El Chancellor

El Chancellor

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Se me ocurre subir al puente, pero en el mismo momento cesa el ruido y oigo al capitán Huntly volver a entrar en su cámara, situada delante de la toldilla. Yo vuelvo entonces a acostarme.

Seguramente, tantas idas y venidas han sido motivadas por alguna maniobra; pero, esto no obstante, los movimientos del buque no han aumentado, lo que revela que no ha arreciado el viento.

Al día siguiente, 14, a las seis de la mañana, subo a la toldilla y empiezo a reconocer el buque.

Nada ha cambiado a bordo…, por lo menos, aparentemente. El Chancellor corre amuras a babor con sus velas bajas, sus gavias y juanetes, y marcha admirablemente por el mar, cuyas olas son agitadas por una brisa fresca y suave. Su celeridad, muy grande en este momento, no debe ser inferior a once millas por hora.

Los Letourneur, padre e hijo, no tardan en presentarse en el puente. Ayudo al joven, que aspira con placer el aire de la mañana, tan vivificador y tan cargado de perfumes marinos, a subir a la toldilla.

Les pregunto si no les ha despertado durante la noche un ruido de pasos que denotaban gran agitación a bordo.

—No, a mí no —responde Andrés Letourneur—; he dormido toda la noche de un tirón.


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