El Chancellor
El Chancellor —Querido —dijo el padre—, has dormido muy bien entonces, porque a mà también me ha despertado ese ruido de que habla el señor Kazallon; y hasta creo haber oÃdo estas palabras; «¡Pronto, pronto, a las escotillas, a las escotillas!».
—¡Ah! —exclamé—. ¿A qué hora fue eso?
—A las tres de la madrugada, poco más o menos —respondió Letourneur.
—¿Y no ha averiguado usted la causa de ese ruido?
—No, señor Kazallon, pero no puede ser grave, puesto que no han llamado a ninguno de nosotros al puente.
Miro las escotillas, situadas delante y detrás del palo mayor, que dan acceso a la bodega del buque, y las veo cerradas como de costumbre, pero advierto que están cubiertas por espesos encerados, como si se hubiera adoptado todas las precauciones necesarias para cerrarlas herméticamente. ¿Por qué se han cerrado tan cuidadosamente estas aberturas? Indudablemente existe algún motivo que no puedo adivinar. Confiando en que Roberto Kurtis me lo dirá, espero que le llegue el turno de su cuarto, y no digo nada de lo que he observado al señor Letourneur.