El Chancellor
El Chancellor A la sazón, los marineros se ocupan en el incesante lavado del puente, y las bombas arrojan agua que, según la inclinación del buque, se desliza por los imbornales de estribor y de babor.
Los marineros, con los pies desnudos, corren por aquella sabana límpida que forma espuma levantando pequeñas olas.
Sin saber por qué, experimento deseos de imitarles, y, acto seguido, me descalzo e introduzco mis pies en aquella agua fresca del mar.
Entonces advierto, no sin gran sorpresa, que el puente del Chancellor abrasa y no puedo contener una exclamación.
Roberto Kurtis al oírme, se vuelve, viene hacia mí, y, respondiendo a una pregunta que todavía no le he dirigido, dice:
—Efectivamente, tenemos fuego a bordo.

—Efectivamente, tenemos fuego a bordo.