El Chancellor
El Chancellor —Sà —responde Roberto Kurtis—, aquella noche que hubo tanta agitación en el puente del Chancellor. Los marineros de cuarto habÃan visto que una leve humareda se escapaba por los intersticios de la escotilla mayor e inmediatamente avisaron al capitán y a mÃ. No habÃa duda alguna, se habÃan incendiado las mercancÃas en la bodega y no se podÃa penetrar hasta el foco del siniestro. Entonces, hicimos lo único que podÃa hacerse en semejantes circunstancias, es decir, condenar las escotillas de modo que el aire no pudiera penetrar en el interior del buque. Confiaba en que con ello lograrÃamos sofocar ese principio de incendio, y durante los primeros dÃas he creÃdo que lo habÃamos dominado efectivamente; pero desde hace tres dÃas, por desgracia, se ha averiguado que el fuego, lejos de disminuir, progresa. El calor que se desarrolla bajo nuestros pies aumenta sin cesar, y, a no ser porque he adoptado la precaución de mantener el puente constantemente húmedo, no serÃa ya soportable. De todos modos, es preferible que sepa usted estas cosas, señor Kazallon —añadió Roberto Kurtis—, y por eso se las digo.
He escuchado en silencio la relación del segundo, haciéndome cargo de la gravedad que entraña un incendio cuya intensidad aumenta de dÃa en dÃa, y que acaso ningún poder humano podrá dominar.
—¿Sabe usted qué ha originado el incendio? —pregunto a Roberto Kurtis.