El Chancellor
El Chancellor Por lo demás, los progresos del incendio no se advierten exteriormente, lo cual es buena señal. Las aberturas han sido cerradas tan herméticamente, que ni la más ligera voluta de humo indica la combustión interior. Quizá se pueda aún reconcentrar el fuego en la bodega, y por falta de aire se extinga o quede estacionado sin propagarse a todo el cargamento. Por lo menos, ésta es la esperanza que abriga Roberto Kurtis, quien, para mayor precaución, ha hecho tapar también cuidadosamente el orificio de las bombas, cuyo tubo, prolongándose hasta el fondo de la bodega, podía dar paso a algunas ráfagas de aire.
¡Que el Cielo nos proteja, porque nosotros nada podemos hacer!
Aquel día habría transcurrido sin incidente si la casualidad no me hubiera hecho oír algunas palabras de las que resulta que nuestra situación, ya gravísima, puede llegar a ser espantosa.
El lector juzgará.
Había yo tomado asiento en la toldilla junto a dos pasajeros que hablaban en voz baja sin sospechar que pudiera oírlos. Eran el ingeniero Falsten y el negociante Ruby, que solían conversar con frecuencia.
En seguida llamó mi atención un ademán expresivo del ingeniero que parecía reconvenir con viveza a su interlocutor. Apliqué entonces el oído y oí estas palabras: