El Chancellor
El Chancellor —SÃ, señor, sÃ, lo he traÃdo —responde con tranquilidad Ruby, que sólo se consideraba culpable de un pequeño fraude.
Por un instante me parece que Roberto Kurtis va a aplastar al desdichado pasajero, que no comprende la gravedad de su imprudencia; pero, al fin, logra dominarse y aprieta las manos que tiene cruzadas a la espalda para no verse obligado a ahogar con ellas a Ruby.
Después, con voz tranquila, lo somete a un interrogatorio y Ruby confirma los hechos que ha referido. Entre los bultos de su equipaje hay una caja que contiene unas treinta libras de la sustancia peligrosa. Sin duda alguna, el pasajero ha procedido en la ocasión presente con la imprudencia propia de las razas anglosajonas, introduciendo esa mezcla explosiva en la bodega del buque como un francés hubiera podido introducir una botella de vino, y, si no ha declarado la naturaleza de aquel bulto, es porque sabÃa que el capitán se habrÃa negado a admitirlo.
—Después de todo —agrega encogiéndose de hombros—, esto no merece que ahorquen a un hombre; y si esa caja les molesta a ustedes tanto, arrójenla al mar. Mi equipaje está asegurado.
Al oÃr esta respuesta, como no tengo la serenidad de Roberto Kurtis, me es imposible dominarme, y, poseÃdo de cólera irresistible, me abalanzo sobre Ruby antes que el segundo lo pueda impedir.