El Chancellor
El Chancellor —¡Miserable! —le increpo—. ¿No sabe usted que tenemos fuego a bordo?

Apenas pronuncio estas palabras, cuando me arrepiento de haberlas dicho; pero ya es tarde. El efecto que producen en Ruby es indescriptible: el desdichado se pone a temblar; el cuerpo se le paraliza, apoderándose de él una rigidez tetánica; se le erizan los cabellos; abre los ojos desmesuradamente; la respiración se le oprime como si estuviera asmático; enmudece y en su rostro se refleja el terror. De repente, se agitan sus brazos; mira el puente del Chancellor, que puede saltar de un momento a otro; se lanza de la toldilla abajo; se levanta, y recorre el buque gesticulando como un loco. Después, recobrando el uso de la palabra, empieza a gritar:
—¡Fuego a bordo, fuego a bordo!
Al oÃr este grito, toda la tripulación acude al puente, creyendo sin duda que el siniestro se ha manifestado ya al exterior y que ha llegado la hora de huir en las lanchas. Inmediatamente acuden también los pasajeros. El señor Kear, su esposa, la señorita Herbey y los dos Letourneur. Roberto Kurtis quiere imponer silencio a Ruby, pero éste ha perdido el juicio.