El Chancellor

El Chancellor

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Gritan todos los pasajeros; la señora Kear, sostenida por la señorita Herbey, huye precipitadamente de las cámaras, adonde llega ya el fuego, y preséntase Sila Huntly con el rostro ennegrecido por el humo, y, después de saludar tranquilamente a Roberto Kurtis, se dirige hacia los obenques de proa, sube por los flechastes y se instala en la gavia de mesana.

Al ver a Sila Huntly recuerdo que ha quedado aprisionado otro hombre bajo la toldilla, precisamente en el camarote que va a ser devorado por las llamas.

¿Dejaremos perecer a ese desgraciado Ruby? Me lanzo hacia la escalera en el momento en que el desventurado acaba de romper las ligaduras que lo sujetan y sale con los cabellos quemados y los vestidos ardiendo.

Marcha en silencio por el puente sin sentir calor en los pies y se arroja entre los torbellinos de humo, que no le sofoca, como si fuera una salamandra humana que corre a través de las llamas.

Oyese entonces una nueva detonación y la chalupa salta hecha pedazos; la escotilla de en medio salta también, desgarrando el encerado, y un chorro de fuego, largo tiempo comprimido, llega hasta la mitad del mástil.

El loco grita en aquel momento de un modo espantoso, y de sus labios se escapan estas palabras:

—¡El picrato, el picrato! ¡Todos vamos a volar, a volar!


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