El Chancellor

El Chancellor

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Roberto Kurtis contempla el océano, cuyas olas monstruosas rompen con estrépito sobre el buque. No es posible acercarse siquiera a la chalupa colocada en su calzo, en medio del puente; pero es todavía posible utilizar la canoa izada sobre sus pescantes de estribor, así como la ballenera suspendida en la popa.

Los marineros precipítanse hacia la canoa.

—No —grita Roberto Kurtis—, no. Eso sería jugar a un golpe de mar la última probabilidad que tenemos de salvarnos.

Algunos marineros, medio locos de terror, con Owen a la cabeza, intentan, sin embargo, lanzar al agua la canoa, pero Roberto Kurtis se precipita a la toldilla, y cogiendo un hacha, exclama:

—¡Al primero que toque el aparejo le parto el cráneo!

Los marineros retroceden, subiendo algunos a los flechastes de los obenques, mientras otros se refugian en las cofas.

A las once óyense detonaciones violentas en la bodega. Son los tabiques que estallan, dando paso al aire caliente y al humo.

Inmediatamente después salen torrentes de vapor por la funda de proa, y una larga lengua luminosa lame el mástil de mesana.


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