El Chancellor

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Ya no nos acordamos de la caja de picrato de potasa, y hasta ignoro realmente si la explosión del buque, que desenlazaría la situación, sería o no de desear, porque la persona amenazada durante largo tiempo por un peligro, concluye por ansiar el arrostrarlo, ya que la inminencia de una catástrofe inevitable es más horrible que la realidad.

Mientras era tiempo todavía, el capitán Kurtis mandó retirar parte de los víveres almacenados en la despensa, en la que ya no se podría penetrar después. El calor había deteriorado gran cantidad de provisiones, pero quedaban algunos barriles de carne salada y de galleta, un tonel de aguardiente y varias barricas de agua, que se colocaron sobre el puente juntamente con varias mantas, instrumentos, una brújula y velas, a fin de poder, en caso necesario, abandonar el buque inmediatamente.

A las ocho de la noche, en medio del fragor del huracán y del ruido del incendio, las escotillas del puente se levantan bajo la presión del aire caldeado y torbellinos de humo negro se escapan, lo mismo que el vapor, por la válvula de la caldera.

La tripulación pide imperiosamente órdenes a Roberto Kurtis; pero todos tienen la idea de huir de aquel volcán próximo a estallar bajo sus pies.


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