El Chancellor

El Chancellor

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En la toldilla, cuyo pavimento no está sobre la bodega, se puede permanecer aún; pero en el puente hasta el castillo de proa es imposible andar ni aun con calzado fuerte. El agua es ya insuficiente para refrescar aquellas tablas, que no cesa el fuego de lamer y que se arrufan sobre sus barrotes. La resina de la madera de abeto se encoge alrededor de los nudos, las costuras se abren y la brea, liquida por el calor, corre sobre el puente formando dibujos caprichosos conforme el barco se balancea.

Para colmo de desgracia, el viento salta bruscamente al Noroeste, soplando con furia. Es un verdadero huracán como los que se presentan a veces en aquellos parajes y que nos aparta de las tierras de las Antillas adonde deseamos llegar. Roberto Kurtis pretende mantenerse firme capeando el temporal; pero el viento sopla con tal furia, que el Chancellor no puede mantenerse a la capa y pronto se hace necesario emprender la fuga con la finalidad de evitar los golpes de mar que son terribles cuando acometen a un buque por el costado.

El 29 la tempestad se encuentra en todo su apogeo. El océano está agitadísimo y el embate de las olas cubre completamente al Chancellor. Sería imposible arrojar una lancha al mar sin que fuera inmediatamente sumergida. Nos refugiamos unos en la toldilla y otros en el castillo de proa, mirándonos unos a otros sin que nadie se atreva a hablar.


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