El Chancellor
El Chancellor Hoy, el lugar en que se encuentra la tripulación ha sido invadido por una humareda acre y nauseabunda que se filtra por los intersticios de los tabiques. El incendio aumenta, sin duda alguna, por aquel lado, y aplicando el oído se oyen chasquidos sordos. ¿Dónde toma ese fuego el aire que lo alimenta? La espantosa catástrofe debe estar ya próxima. Quizá no es cuestión más que de algunos días, o de algunas horas, y, desgraciadamente, la mar está tan gruesa que no hay que pensar en huir en las lanchas.
Roberto Kurtis ordena que se cubran todos los tabiques con un encerado que incesantemente se empapa en agua; pero, a pesar de esto, el humo transpira en medio de un calor húmedo que se esparce por la proa del buque, haciendo el aire casi irrespirable.
Por fortuna, el palo mayor y el de mesana son de hierro, sin lo cual se habrían quemado por el pie y venido abajo.
Roberto Kurtis despliega toda la tela posible, e impulsado por el viento del Nordeste, que cada vez es más fresco, el Chancellor marcha con rapidez.
Ya hace catorce días que se ha declarado el incendio, cuyos progresos son incesantes porque no hemos podido combatirlo. Ahora se maniobra a bordo con gran dificultad,
