El Chancellor

El Chancellor

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¿Hemos llegado al término de nuestras penalidades? Así debe creerse, pues desde la mañana el viento ha amainado mucho y la mar es menos gruesa, circunstancia en extremo favorable, porque si el Chancellor fuese batido por los golpes de mar no tardarían en hacerse pedazos en estos duros basaltos.

Los Letourneur y yo hemos hablado extensamente acerca de los oficiales del buque, de la tripulación y de su comportamiento durante este período de peligros. Todos han demostrado valor y energía, distinguiéndose especialmente el teniente Walter, el contramaestre y el carpintero Daoulas; buena gente, buenos marinos, con quienes se puede contar. En cuanto a Roberto Kurtis es superior a todo elogio; ahora, como siempre, se multiplica y en todas partes se encuentra, no habiendo dificultad que no esté dispuesto a resolver, animando a los marineros con la palabra y con la acción, y siendo, en suma, el alma de la tripulación, que no se mueve sino por sus órdenes.

A las siete de la mañana empezó a subir el mar, y a las once todos los picos de las rompientes han desaparecido bajo las aguas, por lo que es de presumir que el nivel de éstas haya subido también en la bodega del Chancellor. Y esto es precisamente lo que sucede, porque la sonda indica que hay nueve pies de agua, que seguramente ha anegado otras capas de algodón, de lo cual debemos felicitarnos.


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