El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —No; hace ocho dÃas que marchó para girar una visita por el paÃs. Es fuerza confesar que, cuando hace quince dÃas dio su último golpe, no consiguió todo su objeto, pues al dirigir su punterÃa al castillo de Chanteleine, esperaba cazar al exconde, en quien habÃa puesto principalmente sus miras; pero el pájaro habÃa volado.
—¿Y entonces qué hizo? —preguntó Kernan.
—Entonces fue a reunirse con el ejército de Kleber, con el propósito de atrapar a su hombre, y no será extraño que en la derrota de Savenay haya conseguido su objeto.
—Es muy posible, pues allà han destrozado completamente a los blancos —añadió el bretón—; pero dime algo más de la muchacha.
—¿De qué muchacha?
—De la que han guillotinado esta mañana; ¿qué tal se ha portado en su último trance?
—¡Psih! Bastante mal —contestó el posadero, llevando el vaso a sus labios—, y nos ha dado poco gusto, pues estaba medio muerta de miedo.
—¿Es seguro —dijo Kernan, conteniéndose a duras penas— que está completamente muerta?
—¡Cáscaras! ¡A no ser que tuviese algún amuleto!… —dijo el posadero riendo brutalmente—. Pero a propósito, durante la ejecución de esta mañana ha ocurrido un suceso muy curioso.