El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Ya lo creo —prosiguió Scévola apurando otro vaso—, como que a él se le ocurrió el magnÃfico pensamiento de sumergir en masa a los más realistas en el agua para deshacerse de ellos más rápida y cómodamente; y como tiene a su disposición un rÃo tan hermoso, no le ha sido difÃcil poner en práctica su idea. En fin, hemos hecho lo que se ha podido en estos dos últimos meses. En una palabra, lo hemos hecho tan bien, que casi hemos conseguido vaciar las cárceles y los calabozos; pero ya se está tratando de llenarlos de nuevo.
—Dime —preguntó Kernan—, ¿esta mañana no han guillotinado a una señorita de Chanteleine?
—SÃ, en verdad, y a fe que era una real moza; y con ella han descabezado también a un abate, ¡para que le enseñara el camino!… Karval, el famoso Karval es el que hizo tan buena presa.
—¡Ah, conque Karval! —murmuró Kernan estremeciéndose imperceptiblemente.
—El mismo. ¡Ahà tienes un muchacho que vale un mundo! ¿Le conoces?
—¡Vaya si le conozco! Como que somos muy amigos —repuso Kernan con la mayor naturalidad—, carne y uña, como suele decirse. Y dime, ¿se encuentra aún aqu�