El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Y un momento después, aquellos hombres se hallaban sentados frente a frente delante de una mesa, sobre la cual apoyaban los codos.

El posadero, que era el que hacÃa los honores en provecho propio, después de haber apurado un vaso de vino de un solo trago…
—Pues verás cómo ha ocurrido la cosa —dijo con reposado acento—. De dos meses a esta parte, las cárceles de la ciudad se hallaban completamente llenas de presos, pues los fugitivos de la Vendée abarrotaban sus calabozos; se hacÃa indispensable vaciarlas, desocupándolas más deprisa de lo que se venÃa haciendo. Desgraciadamente, el ciudadano Guermeur, aunque es un buen patriota, no tiene ni la imaginación ni la fibra de Carrier, ni la energÃa de Lebon, y se empeñaba en proceder con arreglo a las fórmulas legales para deshacerse de los blancos.
A Kernan se le contraÃan los músculos y apretaba los puños con violentas crispaciones por debajo de la mesa, al oÃr aquellas palabras; pero tuvo la suficiente fuerza de voluntad y bastante dominio sobre sà mismo, no sólo para contenerse, sino también para decir con mucha naturalidad.
—¡Carrier!… ¡Oh! ¡Ése sà que es de lo buenos!…