El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Kernan descendió al piso bajo de la posada, y halló a Scévola en la puerta con los brazos cruzados a la espalda, aguardando sin duda a que entrase en su establecimiento algún otro parroquiano.
—¿Y qué tal? ¿Cómo se encuentra tu hermano? —preguntó al ver al bretón.
—Algo más aliviado, y creo que esto no será nada; ahora se ha quedado dormido; procura, pues, que no lo incomoden, y que nadie vaya a interrumpir su sueño. ¿Me entiendes?
—No tengas cuidado, ve tranquilo.
—Antes quiero que cumplas tu promesa; conque te escucho.
—¡Ah! ¿Conque deseas que te cuente el drama de hoy?… Ya comprendo; es muy natural. Has llegado demasiado tarde para penetrar en el teatro, y te has quedado a la cola de los espectadores, que eran muchos —dijo el posadero patriota sol tanto una carcajada cruel.
—En efecto, eso me ha ocurrido.
—Pero ¿qué es eso? ¿Acaso quieres oír mi relato sin beber un trago? Pues yo, ciudadano, no sé hablar si no remojo el gaznate.
—Tienes razón; lo había olvidado; trae, pues, una botella y, si te parece, trae también un pedazo de pan y alguna otra friolera, y te escucharé tomando un bocado.
—Esto está hecho —dijo Mucio Scévola.