El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Permaneció algunos momentos guardando profundo silencio y mirando fijamente al suelo; sollozos entrecortados sacudían su pecho; por fin se calmó algún tanto, una lágrima corrió lentamente por su mejilla, y arrodillándose sobre los fríos ladrillos de la habitación, rezó fervorosamente por aquellos seres a quienes tanto había amado y que ya no existían.

Kernan se arrodilló a su lado, y dejando correr sus lágrimas a la par de las de su amo, elevó también al cielo una larga y sentida plegaria.

Después se levantó, y dirigiéndose a Chanteleine le dijo con afectuoso acento:

—Ahora, amo, permitidme ir a la ciudad; es indispensable que yo la recorra, que averigüe lo que ha ocurrido, que lo sepa todo.

—Kernan, mi buen Kernan, ¿y me lo dirás todo? —preguntó el conde estrechando con vehemencia las manos de su fiel servidor.

—Todo; os lo juro, amo; pero prometedme no salir de esta habitación.

—¡Te lo prometo!… Ve, Kernan, ve; pero no tardes.

El conde escondió de nuevo el rostro entre sus manos, dejando deslizarse entre sus dedos un torrente de silenciosas lágrimas.


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