El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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—Mi querido amo —le dijo mirándole con indecible ternura, y vertiendo copiosas lágrimas—, lloremos, sí, lloremos sin tregua, ¡pero que no se oigan nuestros sollozos, pues por ahora no es dado llorar aquí!…

—¡Esposa mía!… ¡Hija de mi alma!… —exclamó el conde, al abrir los ojos, lanzando gemidos desgarradores—. ¿Conque no es un sueño horrible mi desventura?… ¡Muertas!… ¡Asesinadas!… ¡Y yo estaba allí!… Y no he podido… ¡Ah, yo sabré encontrar a vuestros asesinos!…

Hablando así se agitaba el conde Chanteleine en violentas convulsiones, y gesticulaba como si se hubiese vuelto loco.

Kernan, a pesar de sus fuerzas hercúleas, apenas podía sujetarle; y se veía muy apurado para sofocar su voz y contener sus violentos arrebatos.

—¡Vais a perderos! —decía el fiel criado con angustiada voz—, vais a hacer que os prendan.

—¿Y qué me importa perder la libertad?…

—¡Es que os guillotinarán!…

—¡Tanto mejor!… ¡Tanto mejor!…

—¡Y también me degollarán a mí!… —dijo Kernan queriendo excitar por este lado su sensibilidad y su prudencia.

—¿A ti?… A ti, ¿y por qué?… —preguntó el conde, calmándose algún tanto y cayendo de nuevo en una especie de postración que le obligó a sentarse.


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