El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Al punto —contestó Scévola, conduciendo al segundo piso al bretón, que habÃa vuelto a tomar entre sus brazos al conde, desmayado todavÃa.
—¿Me necesitas para algo? —preguntó el posadero cuando llegaron a la habitación.
—No —dijo Kernan—, ni a ti ni a nadie.
—No es muy cortés que digamos, pero en cambio paga bien —murmuró Scévola entre dientes.
Un momento después Kernan se encontraba enteramente solo, en presencia de su amo, que seguÃa aletargado; y no pudiendo ya contener la pena que desgarraba su corazón, dejó correr un torrente de lágrimas que le ahogaba, y que habÃa conseguido contener hasta aquel momento gracias a su indomable carácter y a su prodigiosa fuerza de voluntad. Pero al paso que se entregaba libremente a los más expresivos transportes de dolor, se esforzaba en volver el conocimiento al conde, prodigándole los más exquisitos cuidados, con la solicitud de un hermano tiernÃsimo, y con la prudencia que su estado exigÃa.
Humedeciendo su frente con agua frÃa, y haciéndole respirar vinagre, consiguió al fin reanimarle y hacerle recobrar el sentido; pero al verle entreabrir los ojos, tuvo la precaución de ponerle la mano en la boca, para contener su primera explosión de dolor.