El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —¿De presenciar la ejecución de los brigantes? —preguntó el posadero, interrumpiendo a su interlocutor y frotándose las manos en demostración de regocijo.
—Tú lo has dicho —contestó Kernan, mirándole sin pestañear—; hemos querido saltar un foso; la caballerÃa ha medido mal la distancia; ha caÃdo quedando muerta en el acto, y a éste le ha faltado poco para que le sucediera lo mismo… Pero ya hemos hablado bastante; estoy perdiendo un tiempo precioso; te he pagado y tengo prisa. ¡Ea, pues, pronto, mi cuarto!
—Allá voy, allá voy; en el acto haré que te sirvan; pero no tienes razón para enojarte conmigo; no tengo yo la culpa de que hayas llegado demasiado tarde para ver decapitar a los brigantes, y si lo deseas te daré cuantos detalles desees.
—¿Qué? ¿Tú has presenciado?…
—¡Vaya que sÃ! ¡Voto a!… Y casi al lado del ciudadano Guermeur, el cual se hallaba a dos pasos de mÃ.
—Buen lebrel es ese Guermeur —dijo Kernan, que ni siquiera habÃa oÃdo aquel nombre en toda su vida.
—Yo te lo aseguro —repuso el posadero.
—Pero, ciudadano Scévola, ¿vamos a ese cuarto?…