El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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En efecto, había muy poco para elegir, y de seguro no hubiera encontrado en toda la ciudad una taberna que no ostentase en su muestra algunas señales del más ardiente civismo.

Entró, pues, en la sala baja, depositó su carga inerte en una silla y pidió un cuarto.

El posadero Mucio Scévola en persona acudió a su llamamiento.

—¿Qué se ofrece? —preguntó con aire algo brusco al bretón.

—Un cuarto.

—Supongo que lo pagarás.

—Pardiez —contestó Kernan sin desconcertarse—, para algo hemos desvalijado a los chuanes. Toma —añadió, arrojando sobre la mesa algunas monedas—, cóbrate por adelantado.

—¡Dinero!… —dijo el posadero con aire de admiración, pues estaba acostumbrado a recibir más papel moneda que metálico.

—Y del bueno; con la cara de la república en su reverso.

—Está bien; voy a disponer que te sirvan al instante. Pero ¿qué es lo que tiene tu amigo?

—Mi hermano, dirás… si no lo llevas a mal. No es nada; al azotar nuestra jaca para obligarla a andar más deprisa, con el propósito de llegar a tiempo…


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