El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Triángulo nivelador
Kernan se hallaba en una situación terrible y peligrosa; le era indispensable apartar al conde de aquellos lugares, y esconderlo, antes de que terminase su desmayo, para evitar las fatales consecuencias que pudiera acarrearles cualquier mirada enemiga o imprudente que se fijase en Chanteleine antes de que volviese en sí, pues era evidente que las primeras palabras que se le escaparían al recobrar la razón habían de comprometerle denunciando quién era.
Corriendo, pues, Kernan con el conde en brazos, por las calles más solitarias, distinguió en una de ellas una especie de taberna en cuya puerta se detuvo jadeante.
Ostentaba aquel figón o posada una muestra en que se veían pintadas todas las lindezas de la época, esto es, lanzas cruzadas y haces de lictores romanos con esta enfática inscripción:
AL TRIÁNGULO NIVELADOR
CASA DE MUCIO SCÉVOLA,
SE ADMITEN HUÉSPEDES DE A PIE Y DE A CABALLO.
—Una posada de bandidos —dijo Kernan entre sí—, muy bien, en ella estaremos más seguros; bien es verdad que no tengo dónde escoger.
