El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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—¡Oh, venid, venid, por favor! —repitió el joven arrastrando al conde y tratando de apartar a Kernan con violencia.

Pero éste, tomando una actitud amenazadora, gritó de nuevo.

—¡Alto ahí!… —Y ya iba a precipitarse sobre el joven, que no soltaba el brazo del conde, cuando éste le contuvo diciendo:

—¡Calma, Kernan, calma! Sigamos a este caballero, que es un hombre de honor: el corazón me lo dice.

Al oír las palabras de su amo, el bretón no osó replicar, y fue tras él, pero colocándose cerca del caballero de Trégolan, dispuesto a darle un golpe mortal al menor indicio de traición que observase en él.

En esta disposición, salieron los tres del cementerio, escalando nuevamente la brecha que les había servido para entrar, y dieron la vuelta a la tapia. El caballero de Trégolan guardaba silencio; pero su mano derecha se hallaba crispada y asida al brazo del conde.

De esta manera entraron en la ciudad, y evitando las calles principales se metieron por las callejuelas más estrechas a fin de esquivar encuentros peligrosos; precaución inútil, pues a aquellas horas se hallaban completamente solas; esto no obstante, Kernan no dejaba de mirar en torno suyo con recelosa atención.


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