El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine El silencio era sepulcral en todos los ángulos de la ciudad; sólo al pasar junto al palacio episcopal, vieron los tres compañeros profusamente iluminadas las ventanas del edificio, y oyeron el rumor estrepitoso de una orgÃa. En aquel momento se estaba celebrando la llegada del infame Karval con un sarao en el que bailaban unidos los jueces y los verdugos.
Kernan sintió que la sangre se le subÃa a la cabeza, y empuñando el mango de su cuchillo, miró a las ventanas del palacio arrojando llamas por los ojos; pero no queriendo separarse de su amo, siguió tras él.
Por fin, el joven caballero se paró delante de una casa silenciosa y aislada en la extremidad de uno de los barrios menos bulliciosos de la ciudad.
—Aquà es —dijo, y dio un paso hacia adelante para llamar a la puerta.
—¡Aguardad!… —dijo Kernan, asiéndole el brazo en el momento en que iba a coger el aldabón.
—Déjale llamar —dijo el conde dirigiéndose al bretón.
—De ningún modo, señor; en este tiempo de miserias, toda casa es sospechosa, y es necesario saber a dónde se va. Decidnos, pues, caballero; ¿por qué tratáis de introducirnos en esa casa? —preguntó fijando en el joven una mirada escudriñadora.