El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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—No; pero decidme, y ella, ¿cómo sigue?… ¿qué hace?

—Llora, que da compasión, señor.

—Está bien, dejadnos —dijo el caballero, tomando la luz de las manos de su interlocutora; y dirigiéndose enseguida al conde añadió—: Seguidme.

Al fin de aquella empinada escalera había una puerta por debajo de la cual se veía una tenue claridad. El caballero la abrió de par en par y dijo con melancólico acento:

—Ahí tenéis a mi hermana, señor conde de Chanteleine.

Kernan, que había dirigido al interior de la habitación una rápida mirada, antes que su amo, exclamó con un grito que le salía del fondo del alma:

—¡María!… ¡mi sobrina!…

En efecto, María de Chanteleine se hallaba tendida sobre un lecho, pero viva, viva, aunque sumida en el más profundo dolor.

—¡Hija mía! —gritó a su vez el conde precipitándose hacia la hermosa joven.

—¡Padre! ¡Padre! —exclamó ella saltando del lecho y arrojándose en brazos de Chanteleine.

Aquélla fue una escena indescriptible. ¿Cómo describir los sollozos, las caricias, los transportes de purísimo afecto y los éxtasis de melancólica alegría de aquellos seres tan nobles?


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