El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Kernan lloraba detrás de sus amos, retirado en un ángulo de la habitación, después de abrazar a MarÃa con delirante arrebato de contento.
El caballero de Trégolan contemplaba aquel cuadro conmovedor, silencioso y con las manos cruzadas en actitud de profundo enternecimiento.
De improviso exhaló MarÃa un grito desgarrador. Un pensamiento horrible habÃa cruzado por su mente:
—¡Madre!… ¡Mi madre! —gritó—. ¿Qué ha sido de mi madre?…
Aquella infeliz ignoraba que la condesa habÃa muerto asesinada durante el saqueo del castillo, pero temió que hubiese sido guillotinada en Quimper.
El conde no tuvo fuerzas para contestarle, pero señaló el cielo con un dedo, dejando correr por sus mejillas un raudal de lágrimas.
MarÃa exhaló un nuevo grito y se dejó caer casi desmayada sobre el lecho.
—¡Hija mÃa, hija mÃa! —gritó el conde, corriendo hacia ella y cubriéndola de besos.
—No temáis nada, señor —dijo Reman sosteniendo la cabeza de la joven—, ésta es una crisis que pasará pronto.