El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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—No puedo deciros cómo no caí muerto en el acto; cómo no descubrí por mi dolor, que había sucumbido aquélla cuyo perdón tenía en mis manos; pero el cielo, sin duda, me inspiró un pensamiento de caridad sublime, por lo que doy las gracias sin cesar. Todas las víctimas que aquel día habían sido conducidas al cadalso aguardaban allí confusamente mezcladas su último instante, y cuando yo llegaba al pie de la guillotina, vi a una joven bellísima que subía casi sin sentido las gradas del patíbulo, apoyada en el brazo del verdugo: entonces, sin pensar siquiera lo que hacía, me precipité hacia ella gritando con todas mis fuerzas: —¡Perdón, perdón para mi hermana; para mi hermana que es ésa; aquí está la orden del perdón!—. En los primeros momentos reinó gran confusión en torno mío; unos gritaban: «¡A la guillotina! ¡A la guillotina!…». Otros aullaban: «No hay perdón»; pero el documento que yo exhibía era una orden terminante, y aquellos furiosos se vieron precisados a soltar su presa y a devolverme a aquella desventurada joven que era vuestra hija y a quien traje a casa de esta excelente señora. El cadáver de mi hermana ya estaba frío, y por ella me habéis hallado rezando hace pocos momentos en la fosa común del cementerio, pues ya no existe aquella prenda de mi corazón.

El conde estrechó entre sus brazos al caballero de Trégolan, y le dijo con indecible ternura:


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