El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Señor conde —repuso el caballero—, mi hermana habÃa sido encerrada lo mismo que vuestra hija en la cárcel pública para ser guillotinada, como todos los nuestros. Al tener noticia de tan infame resolución, corrà desesperado a ParÃs, y después de vencer mil dificultades, obtuve al fin su perdón de Couthon, a quien mi familia habÃa prestado servicios de gran importancia en otro tiempo. Volvà volando a Quimper con la orden de libertad; pero a pesar de mi diligencia y de los esfuerzos inauditos que hice, llegué demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde? —dijo el conde.
—SÃ, la cabeza de mi pobre hermana cayó precisamente en el momento en que yo llegaba a la plaza, y rodó sobre el cadalso ante mis propios ojos.
—¡Oh!… pobre amigo mÃo —exclamó el conde estrechándole afectuosamente las manos.