El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine La pobre María, desde la horrible escena del cadalso, había quedado tan quebrantada de cuerpo y de alma, que apenas podía sostenerse en pie, y a cada instante parecía que iba a perder el sentido. El menor ruido la hacía estremecerse, lo cual no tenía nada de extraño, sabiendo que sus verdugos no estaban lejos.
Sin embargo, las caricias de su padre y los exquisitos cuidados de Kernan habían conseguido reanimar algún tanto su espíritu, y cuando le indicaron la conveniencia de ponerse en camino, se manifestó pronta a arrostrarlo todo para salir cuanto antes de aquella ciudad de la que llevaba tan espantosos recuerdos.
Se trató entonces de proporcionarle un traje que le sirviese de disfraz; el caballero Trégolan llamó a la señora que les hospedaba, a la cual dio el conde las más expresivas gracias por el importante servicio que les había hecho; y aquella noble anciana proporcionó a María un traje de campesina del país.
Entraron ambas en una habitación inmediata, y al hallarse solas, María se vistió, ayudada por su huéspeda, el zagalejo y el corpiño que ésta había buscado, y quedó trasformada en una linda labradora en quien hubiera sido difícil reconocer a la elegante señorita de Chanteleine, viendo sus medias encarnadas de lana usadas, sus gruesos zapatos y su remendado delantal.