El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —¿En Douarnenez? —dijo el bretón—. Perfectamente, me parece un lugar seguro y excelente para nuestros propósitos.
—Entonces creo que debemos partir esta misma mañana —añadió Trégolan—, pues no hay un minuto que perder, y lo primero es que pongamos a salvo a esta señorita.
—¿Pero en Douarnenez tendremos medio de vivir sin levantar sospechas?
—SÃ, señor; allà tengo un antiguo criado de mi familia que ejerce el oficio de pescador, llamado Locmaillé; es un hombre honrado y leal que nos recibirá perfectamente y podremos permanecer en su casa hasta que se nos proporcione ocasión de salir de Francia.
—¡Ea, pues! —dijo Kernan—. En marcha, y cuanto antes mejor; sólo nos hallamos a cinco leguas de Douarnenez y podemos llegar allá esta misma tarde.
El conde aprobó desde luego aquella resolución, pues sentÃa un ansia vivÃsima por devolver a su hija la tranquilidad que habÃa perdido, y de que tanta necesidad tenÃa, pero al verla tan débil, temÃa que no pudiera soportar las fatigas de aquel corto viaje.