El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Estas palabras generosas y sinceras conmovieron al caballero, que al contemplar los transportes de alegría de aquéllos a quienes había devuelto en parte la felicidad, no pudo menos de pensar que tan inmenso servicio se debía al perdón de su pobre hermana, a quien no había podido salvar de una muerte horrorosa.
A la mañana siguiente, Kernan pensó en que lo más urgente era salir de Quimper, pues su presencia en aquella casa podría comprometer a la noble anciana que les había dado tan generosa hospitalidad. Verdad es que tenía que renunciar por entonces a su venganza contra Karval, pero la vida de María era para él lo primero, y por eso se resolvió a comunicar su pensamiento al conde y al caballero de Trégolan.
Su indicación fue aceptada en el acto, y se discutió con detenimiento el partido que sería prudente tomar.
—Señor conde —dijo el joven caballero—, yo lo tenía dispuesto para el caso en que me hubiese sido posible salvar a mi pobre hermana, y había preparado un asilo seguro para esconderla en una cabaña de pescadores situada en la bahía de Douarnenez. ¿Queréis venir conmigo a esperar allí mejores días, o una ocasión oportuna para abandonar Francia?
Chanteleine se volvió a Kernan, interrogándole con los ojos.