El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Por fin, después de un cuarto de hora de penosa marcha, llegaron a un sitio en que el caballero descubrió una centenaria encina, cuyo socavado tronco ofrecía un hueco suficiente para colocar en él a María. Acostaron allí a la pobre joven perfectamente arropada con los abrigos de todos; y sacando Kernan piedra, eslabón y yesca, encendió en un momento un buen fuego, cuya llama iluminó el contorno chisporroteando.

No bien llegó el calor de la hoguera hasta María, ésta lanzó un suspiro, abrió los ojos y recobró el movimiento. Al instante miró en torno suyo con terror; pero al verse rodeada de aquéllos a quienes tanto amaba, sonrió dulcemente y pudo al fin conciliar un sueño reparador.

El conde, Kernan y Trégolan velaron junto a ella toda la noche. Estaba perfectamente arropada; el tronco de la encina le ofrecía un abrigo templado por el fuego inmediato y pudo descansar apaciblemente algunas horas.

Kernan reanimaba sin cesar la hoguera arrimando hojas y raíces secas, al paso que sus compañeros permanecían sentados o tendidos junto a la lumbre calentándose. En cuanto a dormir, ni siquiera pensaron en ello; se hallaban demasiado preocupados para que pudiesen cerrar los ojos, y pasaron la noche conversando.

El caballero contó al conde de Chanteleine la historia de su familia, historia también muy dolorosa.


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