El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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—¡Dios mío, Dios mío! ¡Mi hija se muere! —dijo creyendo observar que María había perdido todo movimiento.

—¿Y qué hacemos?… —preguntó con desesperación Trégolan—. Esa aldea es un cementerio.

—¡No os desalentéis! —exclamó Kernan, que, a pesar de la angustia que le henchía el corazón, era el que conservaba más sangre fría—. Echemos por el otro lado del camino; dirijámonos al bosque de Nevet que está a dos pasos, y allí pasaremos la noche en el hueco de algún tronco de encina, y encenderemos una hoguera con ramaje seco para devolver el calor a la señorita.

—No queda, en efecto, otro remedio —dijo Trégolan—. Ea, en marcha cuanto antes.

Entonces se aproximó Kernan al conde, y tomando de nuevo en sus brazos a María, echó a andar seguido de sus compañeros de viaje; atravesó con paso firme y acelerado el camino de Audierne, y algunos minutos después penetraban todos en los matorrales.

Las ramas secas crujían bajo sus pies. Henry se había adelantado para ir separando la maleza, pues a fin de no ser vistos de nadie, convinieron internarse en lo más intrincado del bosque.


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