El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —También se ocultan aquà como en todas partes —dijo el joven entre sÃ; pero recordando la situación en que habÃa dejado a MarÃa, cobró nuevo ánimo y siguió golpeando una tras otra todas las puertas; en un principio llamaba tÃmidamente, pero al encontrar sordas todas aquellas viviendas, concluÃa por descargar golpes formidables; mas todo era en vano: los habitantes de la aldea habÃan tomado la firme resolución de no responder a nadie, y nada en el mundo hubiera sido capaz de hacerles desistir de ella.
El terror que les habÃan infundido los azules los hacÃa crueles y despiadados.
Viendo que sus esfuerzos eran vanos para hacerse abrir una sola puerta, Henry de Trégolan comprendió que no le quedaba otro remedio que ir a reunirse con sus compañeros de infortunio.
Volvió, pues, a su lado, llevando la desesperación en el alma y la angustia pintada en el semblante.
Cuando llegó al lugar en que los habÃa dejado, halló al conde y a su hija en la misma posición que tenÃan al separarse de ellos. El primero seguÃa sentado en el borde del camino, conservando entre sus brazos a MarÃa, yerta y moribunda, a quien trataba en vano de reanimar con el calor de su aliento.
En el momento de llegar el joven, una exclamación de dolor se escapó de los labios de Chanteleine: