El conde de Chanteleine

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Capítulo IX

Douarnenez

En el segundo año de la república francesa, la pequeña aldea de Douarnenez no contaba en su recinto arriba de veinte familias de pescadores. El conjunto de aquellas chozas, formadas de trozos informes de granito, ofrecía a los que llegaban a ellas por el mar un punto de vista en extremo pintoresco.

La aldea, escondida entre las sinuosidades de la costa, se presentaba de improvisto al viajero, dominada por el aislado campanario de una capilla situada en la cumbre de una pequeña colina, llegando las últimas casas hasta la misma orilla del mar. Los techos de las cabañas estaban construidos con gran solidez y cubiertos de gruesos pedruscos para poder resistir los fuertes vientos del nordeste.

La costa de Bretaña desde Concarneau a Brest se halla cortada por una serie de bahías de todas dimensiones.

Las más importantes son la de Douarnenez y la de Brest, que cuentan hasta 25 leguas de extensión. Las de Audierne, de los Difuntos, de Camaret y Diñan, no forman más que pequeñas ensenadas; pero la más peligrosa de todas ellas es sin disputa la de Douarnenez, de suerte que los infinitos naufragios ocurridos en ella le dan una funesta celebridad.


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