El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Aquella choza estaba habitada por el buen pescador Locmaillé, hombre de unos sesenta años de edad, afectuoso y adicto servidor de la familia Trégolan; otro Kernan, en fin, aunque menos instruido y enérgico, el cual recibió perfectamente al conde y a su hija, manifestándoles que estaban en su propia casa y que podían disponer de ella a su arbitrio y todo el tiempo que quisieran; de suerte que al entrar allí pudieron exhalar un suspiro de alivio, considerando aquella cabaña como un hospitalario refugio.
Aunque la casa era pequeña, Henry halló medio de preparar una habitación para María, otra para el conde y una especie de gabinete para él.
Según la costumbre del país, estas habitaciones no se comunicaban con el piso bajo por la parte interior del edificio, y se subía a ellas por una escalera de piedra, construida junto a una de las paredes exteriores.
La gran sala del piso bajo era más que suficiente para el viejo Locmaillé y para Kernan, que había resuelto hacerse pescador, hasta que llegasen mejores tiempos.
No tardó cada cual en instalarse en el departamento que se le había asignado. Un buen fuego de sarmientos empezó a chisporrotear bien pronto en la habitación de María, y media hora después de haber llegado a Douarnenez, se hallaba alojada como si estuviese en su casa.