El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Entonces fue cuando, por primera vez después de tan azarosos días, pudieron quedar solos el padre y la hija, habiéndose retirado los demás a sus respectivos aposentos, respetando su mutuo dolor y aquel aislamiento tan necesario a entrambos.

Kernan empezó, ayudado por el buen Locmaillé, a preparar un frugal almuerzo, compuesto de pescado fresco, y de algunos huevos; de suerte que cuando el conde y su hija volvieron a bajar al piso inferior y se instalaron en él, pudieron sentarse a una mesa tosca, miserable y sin manteles, y comer en vasijas de madera ennegrecidas por el humo, es verdad, pero con el espíritu tranquilo.

—Amigos míos —dijo el caballero Trégolan—, el cielo nos ha protegido conduciéndonos hasta aquí sin el menor tropiezo; pero es preciso que ahora nos ayudemos nosotros: hablemos, pues, de nuestros planes para el porvenir.

—Hijo mío —repuso el conde—, nosotros nos sometemos gustosos a cuanto dispongáis: desde este momento pongo en vuestras manos mi vida y la de mi hija.

—Señor conde, yo creo que ya debe haber pasado la hora de vuestros grandes sufrimientos y que podemos esperar días más felices para el porvenir.


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