El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Perfectamente; asà se completará la familia, una familia de pescadores; no será ésta la primera que vez que mi amo y yo hayamos hecho este oficio; en nuestra juventud manejábamos los remos y los arreos de pesca bastante bien, y no creo que se nos haya olvidado la manera de conducir una barca.
—MagnÃfico —exclamó el caballero—; siendo asÃ, desde mañana empezaremos a recorrer la bahÃa de Douarnenez; supongo que la barca está dispuesta para ello, ¿no es asÃ, amigo Locmaillé?
—En efecto —contestó el pescador—, aparejada la tenéis y nada falta en ella.
—Amigos mÃos —dijo entonces el conde—, si debemos permanecer en este paÃs; si hemos de seguir afrontando la tormenta revolucionaria que ruge en torno nuestro; si no podemos huir, para alejarnos lo más que nos sea posible de nuestros implacables enemigos, apruebo vuestro plan; pero ¿hemos de renunciar acaso a la esperanza de pasar al extranjero?
—Señor conde —contestó Henry—, si semejante proyecto fuese realizable, creed que hubiese sido el primero en proponéroslo; pero por ahora la fuga es imposible, yo mismo he intentado, hace mucho tiempo, trasladarme a Inglaterra y no me ha sido posible hallar el medio de conseguirlo. Lo único que puedo prometeros es que si se presenta ocasión propicia no la dejaremos escapar. ¡Quién sabe! Tal vez a peso de oro podamos hallarla.