El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Desgraciadamente, me quedan muy pocos recursos —dijo Chanteleine con tristeza.
—Y yo no tengo más que mis brazos y mi barca que poder ofreceros —añadió el honrado pescador.
—¡Bueno, bueno! —interrumpió Kernan—. Ya pensaremos en eso más tarde; lo que es hoy, aunque fueseis diez veces más rico que en otros tiempos, y aunque tuviésemos a nuestra disposición el mejor bergantÃn, no os aconsejarÃa que os embarcaseis. Nos hallamos en el peor mes del año, y la mar es terrible y dura al salir de la bahÃa; la tempestad nos arrojarÃa bien pronto sobre algún cabo de la costa en donde podrÃamos ser muy mal acogidos, y no debemos exponer a mi sobrina MarÃa a tan grave peligro. En los serenos dÃas de la primavera, si para entonces Dios no se ha apiadado aún de Francia, pensaremos lo que conviene; pero entre tanto, no tenemos más remedio que pescar, puesto que somos pescadores, y vivir tranquilamente en esta tierra.
—Tenéis razón, amigo mÃo —dijo Henry— y apruebo vuestro plan.
—Yo también —añadió el conde—; tienes razón, mi buen Kernan; es fuerza que sepamos resignarnos, y que sin pedir imposibles nos contentemos con lo que Dios nos da.