El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Amigos mÃos —exclamó entonces MarÃa—, cuando mi buen tÃo Kernan habla, debemos oÃrle y seguir sus consejos, pues es hombre de gran prudencia y cordura; bien sabe él que a mà no me hubieran arredrado los peligros del mar; pero puesto que la travesÃa le parece impracticable, debemos considerarnos como arribados al puerto y esperar aquÃ. No somos ricos, ¿y qué?… trabajaremos para atender a nuestra subsistencia, y yo por mi parte quiero también ofrecer mi contingente a la sociedad.
—¡Oh, señorita! —se apresuró a decir el caballero Trégolan—. El oficio que vamos a ejercer es muy duro, y no habéis sido educada como las mujeres y las hijas de los pobres pescadores; por cuya razón no podemos ni debemos exponeros a semejantes trabajos y a tan rudas fatigas. Además, nosotros somos bastantes para ganaros el pan cada dÃa.
—Y, ¿por qué no he de ayudaros, Henry, si puedo proporcionarme trabajo que esté al alcance de mis fuerzas?… ¿Creéis que si es necesario no podré coser y repasar la ropa?
—¡Ya lo creo! —interrumpió Kernan—. Como que mi sobrina trabaja como un hada; yo la he visto bordar paños de altar para la iglesia del Palud, de los cuales se mostrarÃa orgullosa la misma santa Ana.