El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Pero ahora no se trata de paños de altar ni de ornamentos de iglesia, querido tÃo —dijo MarÃa—, sino de trabajos menos delicados, aunque más lucrativos.
—¡Por vida mÃa! —repuso Henry, que no querÃa de ningún modo que la joven trabajase—. Creo que os será difÃcil hallar labores de esa especia en este paÃs.
—A menos que cosáis camisas gruesas para los pescadores, o para los azules de Quimper —se aventuró a decir Locmaillé.
—¡Oh! —exclamó el caballero.
—¡Acepto gustosa!…
—Pero, señorita, ¿serÃais capaz?
—¿Por qué no? —le interrumpió Kernan—. Estoy seguro de que mi sobrina sabrá cumplir con su cometido a las mil maravillas.
—En este caso no será difÃcil hallar trabajo —añadió el pescador—, pero a ocho cuartos la pieza.
—¡A ocho cuartos la pieza… magnÃfico! —exclamó Kernan riendo—. Es decir, que mi sobrina será una verdadera costurera.
—Ése era el oficio de las señoritas de Sapinaud y de Lézardiére cuando emigraron de Mans —dijo MarÃa—, y bien puedo yo hacer lo que ellas hicieron.
—Convenido; Locmaillé te buscará trabajo.
—Bien está.