El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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—Entre tanto —añadió Kernan—, señor conde, descansad con María lo que queda de día, mientras yo voy a visitar nuestra barca con el señor Trégolan, y mañana nos haremos a la mar.

Dicho esto, Kernan y Henry salieron encaminándose a la playa; Locmaillé se fue a la aldea, y María se quedó con su padre y se puso a arreglar el pobre ajuar de la casa.

El caballero Trégolan y el valiente bretón llegaron entre tanto a la punta de Guet, y allí hallaron la barca de Locmaillé, que estaba perfectamente aparejada; con dos largas velas, excelentes vergas y suficientes remos; su casco era sólido y dispuesto para resistir los embates de la gruesa mar.

Algunos pescadores que se hallaban allí recomponiendo sus redes, se aproximaron a los recién llegados, y les hicieron varias preguntas con el solo propósito de entablar conversación con ellos; pero Kernan, que adivinó su objeto, les contestó como pudiera hacerlo un marino consumado, y se acreditó de perito en su oficio, dando su parecer acerca de una nubécula negra que se presentó en el horizonte y que según dijo no presagiaba nada bueno; esto no obstante, siguió haciendo sus preparativos de viaje, como hombre que lo entendía, y al día siguiente se hizo a la mar acompañado del caballero Trégolan, a quien había tomado mucho afecto.


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