El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Aquel joven era en verdad digno de ser querido por su excelente carácter y por su gran corazón; se había resignado con entereza varonil a la triste situación en que el sacudimiento revolucionario colocó a las gentes de su rango, y a pesar de sus pocos años, pues apenas contaba veinticinco, la desgracia maduró su espíritu y fijó sus ideas sin despertar en él malas pasiones.
Después de haberlo perdido todo y al verse en el mundo sin familia, solo enteramente, era natural que reconcentrase su afecto en el conde y en María, a quienes había encontrado en su camino de una manera tan extraordinaria.
Kernan lo conoció, y adivinando lo que podría sobrevenir de aquel inocente y noble afecto, se regocijó sobremanera.
En la sangre fría que mostró al adoptar la sublime decisión de salvar a María de las manos del verdugo, haciéndola pasar por su hermana, cuya cabeza había visto rodar por el cadalso; en la prudencia que demostró en su huida de Quimper; en el valor que desplegó al decidirse a tomar el rudo oficio de pescador, adivinó Kernan un carácter elevado, cuerdo y resuelto, y comprendió que Henry, que era todo un hombre, podría ser un excelente apoyo para sus amos, apoyo que no era de despreciar en aquellos momentos de trastorno social.