El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Cuando Kernan amaba a alguien, le amaba de veras, y no podía tener oculto su afecto; así es que se complacía en manifestar lo que opinaba acerca de Henry, en presencia del conde y sin recatarse de María.
Algunos días después de su llegada a Douarnenez, quiso Chanteleine ayudar a sus compañeros de infortunio en su penosa tarea de pescadores, y se embarcó con ellos. Su profunda tristeza no le abandonaba jamás; pero los incidentes de la pesca solían distraerle algunos instantes, lo cual dulcificaba algún tanto su pena.
Aunque de ocho días cinco se presentaban tan borrascosos que les era imposible botar al agua su barca, no dejaban de hacer buenas expediciones, pues Kernan era destrísimo en la pesca.
Vendían el pescado en la misma orilla del mar, a los expendedores de oficio, que lo enviaban después a Quimper o a Brest, quedándose siempre el que necesitaban para el consumo de la familia, de suerte que con esto y con lo que ganaba María en su trabajo de costurera, tenían lo suficiente para mantenerse muy bien y casi para considerarse felices en medio de su desgracia.
Kernan no quería que se tocase el dinero que conservaba el conde; las circunstancias podían cambiar o agravarse, y era indispensable tener un fondo de reserva, por si llegaba el caso en que fuese necesario huir de aquel asilo, o abandonar Francia.