El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Kernan se alarmaba, cuando alguna vez fijaba en él sus ojos, y creía adivinar que preocupaba su espíritu alguna idea extraordinaria que no podía comprender el fiel bretón habituado a compartir con el conde todas las penas que aquél sufría; pero su respeto hacia Chanteleine le impedía no sólo manifestarle su pena, sino también dirigirle la más insignificante pregunta acerca del tenaz silencio que se había propuesto guardar.

La pobre María también había reparado que su padre se iba ensimismando de día en día. Casi siempre que entraba en su cuarto, le hallaba de rodillas y rezando con el más ardiente fervor. Entonces ella se retiraba silenciosamente; pero profundamente conmovida y experimentando una indefinible inquietud, que no ocultaba a Kernan, el cual no sabía cómo tranquilizarla, puesto que él era víctima de la misma inquietud.

Entre tanto los días se iban sucediendo unos a otros, y se deslizaban con esa monotonía que imprimen a la existencia los sucesos ordinarios de la vida.

La pesca a que estaban dedicados y en la que consumían casi todas sus horas, el caballero de Trégolan y el buen Kernan, iba bastante mal hacía algún tiempo, a consecuencia del estado del mar, de suerte que los huéspedes del viejo Locmaillé se veían con mucha frecuencia obligados a consumirla para su manutención en vez de venderla.

El invierno había sido muy riguroso aquel año.


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